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domingo, 7 de julio de 2013

Capítulo 9

Bajé los ojos al piso del ascensor. La voz de Daniel me calentaba el oído y me contaba como un cuento más, sin pudor ni vergüenza alguna, todo lo que habíamos hecho durante la noche del viernes y más temprano en su cocina, en su cuarto, en su baño y después una vez más en su cocina. Daniel me había invitado a quedarme a dormir esa noche también en su casa. Sí quería pero inventé siete excusas diferentes. Cada una peor que la otra, cada una cargada de una mentira más grande. Ninguna de mis excusas hizo efecto, sólo accedió a llevarme a mi casa a buscar ropa y un cepillo de dientes. La verdad era que estaba adolorida. Había pasado más de doce horas en su casa y no podía caminar.  Ir a buscar ropa era la excusa perfecta. Es muy chévere cuando un hombre se te lanza encima así. Es una mierda cuando necesitas un recreo y no quieres pedirlo, por miedo a que no se te vuelvan a lanzar encima así. 

–Nunca he entendido lo de no usar el mismo cepillo de dientes, ¿sabes? A ver, tu saliva y mi saliva tienen como 36 horas mezclándose sin problema,entre otros fluidos... 
–¡Daniel!–le metí un golpecito en el brazo. 
–¿Perdón?– con un sólo movimiento, me volteó y me dio una nalgada. No entendí cómo lo hizo. Me puse roja. Después del shock inicial de la primera vez, era vergonzoso cuánto me había empezado a gustar. 

Daniel se mantuvo en su esquina del ascensor durante el resto del trayecto hasta mi piso. Caminó por el pasillo alejado hasta que llegamos a la reja y mientras buscaba la llave en mi cartera, se paró a milímetros de mi espalda y empezó a respirarme en la nuca. A propósito. Agachándose sin rozarme. Me ericé y se me olvidó como pensar y como mover la mano. Se me olvidó qué era una llave y por qué la necesitaba. 

–Deja, en serio–le pedí. 
No me dejes nada, respírame encima todo lo que quieras. 

Conseguí la llave. Metí la llave en la reja y me volteé para hacer el intento estúpido de regañarlo. Metí la llave en la puerta y escuché un grito. 

–¡Aaaaaaaaaaahhhh! Finalmente maricaaaaaaa, ¿qué tal tiraaaaa? Cuent...Coño.

En la mitad de la sala de mi casa estaba Laura en pijama, su laptop abierta sobre el sofá y la televisión prendida, pero en mute. Atrás de mí, Daniel se doblaba de la risa. Yo entre los dos, con ganas de morirme. 

La carcajada de Vanessa, mi mejor amiga de la infancia que todavía vivía en Margarita, se escuchó en estéreo por toda la sala y alivió un poco la tensión del ambiente. Laura empezó a reírse nerviosa y volteó a la computadora. 

"Bueno, Vane y yo estábamos skypeando porque ella te escribió pero tú no has revisado tu celular desde ayer en la noche y me preguntó por Facebook chat que si yo sabía donde estabas tú y entonces yo le dije que me llamara por Skype que el cuento era mejor por ahí, o sea, que le contaba por ahí, pues," Laura dijo sin poder quitar los ojos de encima a Daniel. No se atrevió a verme a mí mientras le caía a batazos y enterraba lo que quedaba de mi dignidad. 

Pasé los siguientes sesenta segundos en shock viendo cómo se relacionaban por primera vez las dos personas más cercanas a mí con el hombre que me encantaba besar. Daniel dejó de reírse, se acercó a Laura y le dio la mano. "Yo soy Daniel, un placer, ¿cómo estás?" Era injusto ver cómo mi pobre roommate se desarmaba y cómo le cambiaba la mirada al ver a un hombre así. Cuando ella se dio cuenta de la cara de bolsa que había puesto, yo me sentí vengada por el papelón que me había hecho pasar. "Yo soy Laura y ella es Vanessa, un placer," le dijo Laura tratando de disimular. 

–Yo voy a buscar la ropa y eso, ya vengo. 
–¿Qué ropa?
–Daniel me invitó a pasar el resto del fin de semana en su casa, vine a buscar ropa. 
–Aaaaahhh ok. ¿Cómo la pasaron ayer? ¿Algo fino que contarnos? 

Le lancé mi mejor mirada de marica, te mato. 

–Chévere, fue un buen plan–respondí mirando al infinito–¿Daniel me acompañas?
–No vale, yo mejor te espero aquí. Hablo con Vanessa mientras tú le cuentas a Laura para que ella pueda contarle a Vanessa todo después.
–Bueno, tampoco pues–traté de indignarme pero me dio mucha risa. 
–Jajajaja, oye Daniel, eres mucho más inteligente de lo que me dijeron que eras chico, jajajajaja–Laura me agarró los hombros y casi me empujó hasta mi cuarto. 
–Jajajaja, marica, no puedo con él. Exijo que me cuentes mientras haces tu maletica, chica, me encanta este plan, qué fino. Está mucho más bueno de lo que me imaginé, por cierto.  
–Chaaaaamaaaaaa, no sabes. Ayer fue genial. La pasamos increíble. No sé si es que tenía demasiado tiempo sin, bueno, tú sabes...
–Tirar
–Ajá, o qué, pero fue increíble. Es un duro, sabe perfectamente lo que hace. Nunca tuve que pedirle que se pusiera un condón, se lo ponía y ya, full de película, que lo hicimos por toda la casa y el pana siempre tenía uno cerca. Obvio, eso me da mala espina porque significa que lo hace todo el tiempo. 
–Eeeeequis, todo el mundo lo hace todo el tiempo y él lo hace bien. O sea, se cuida, ¡muy bien! Aplausos. ¿Cómo es lo del pijama party?
–Bueno, me convenció de que pasara el resto del fin en su casa. Al principio le di varias excusas chimbas, me daba como pajita, pero ya qué demonios. O sea, ya estoy metida en este paquete, mejor lo disfruto mientras dure y ya, ¿no?
–Me encanta. Estás caminando como la A, jajajajaja, que risa, jajajajaja. 
–Ok, ¿por qué crees que me vine a buscar ropa? Necesitaba un descansito chama, ha sido maratónico. 
–Eres mi amiga pero te odio burda, pues. 
–Jajajaja. Ok, ya, todo lo demás te lo cuento mañana cuando venga. Porfa porfa ve y acompáñalo, ofrécele agua o algo. 
–Claro, debe ser que Vanessa es boba y colgó la conversación de Skype... 
–¡Ve, andaaa!
–Voy

Caminé como la A por todo mi cuarto y todo mi baño. Hice un kit de shampoo, acondicionador, crema de peinar, plancha de pelo, desmaquillante, desodorante, cepillo y pasta de dientes. Saqué la pasta y la plancha  de pelo porque no cabían en el estuche. Metí las gotas de silicón para el frizz, que era la segunda mejor opción. Estaba nerviosa. Caminaba del baño al cuarto y del cuarto al baño sin hacer nada concreto. Vi un pote de talco, lo descarté, entré al cuarto, abrí el closet, no escogí nada, me devolví al baño. Agarré el kit, caminé al cuarto y lo dejé sobre la cama. 

¿Dónde meto esto? ¿En una cartera de playa? ¿En un bulto? Tengo un carry on por ahí. Coño, Chechi, linda, por Dios. Una vaina cruzada cool. Cool es lo que necesitas. ¿Qué es cool? Este color es cool, la cartera que usaba para los libros de la universidad. Ajá. Ahora, ¿qué va adentro de esto? Unos shorts tipo de domingo por si acaso, el cargador del celular, por Cristo, ¿dos camisas? O tres mejor porque...

Sonó mi celular. Cuando revisé el mensaje, puse la sonrisa de pajúa que todos los seres humanos ponen cuando revisan su celular y es la persona que les gusta y con quien están empezando a salir. 

– Ni se te ocurra meter pijama Cecilia 
–Por qué?
–Es una de las reglas: cuando duermes en mi cama, duermes desnuda. 

Coño de la madre, que pena esto. 

–Y si no quiero?
–No dormimos y estás desnuda igual. Q prefieres?
–No me distraigas que estoy haciendo mi maleta, vale, dame 5
–K

¿Por qué me daban miedo las fulanas reglas? Por ahora no era nada fuera de lo normal. Me daba pena que me viera desnuda, claro, pero en primer lugar, no era una regla descabellada que no se pudiera usar pijama y en segundo, la pena iba a ir pasando. No era tan grave, de verdad. 

"Mujer precavida vale por dos, carrizo," dije en voz alta cuando vi el tamaño de mi bulto. Terminé metiendo un suéter, cuatro camisas, dos de noche, una de día y una que podía ser para cualquiera de los dos, una falda como de salir y unos tacones, más unos shorts y zapatos planos para el domingo y el kit. No sabía qué iba a querer hacer Daniel. Si él quería hacer algún plan, ni mi maletica ni yo íbamos a ser un impedimento. 

Sonó la puerta, seguida de la pregunta de siempre en la voz más dulce del mundo.  

Tengo dos rondas de indecisión regadas por todo el piso del cuarto y la cama y no me he cambiado yo, coño coño coño. Si te pones a esconder la ropa y los zapatos vas a sudar. Asúmete con dignidad. 

–Sí claro, pasa. 
–¡Suspenso! ¿Qué me voy a conseguir aquí, vale?–Daniel me echó broma mientras abría la puerta–hm, mucho más desordenada de lo que pensé, Cecilia. 

Si él supiera el sustico que me da cuando dice mi nombre, no diría más nada que eso. 

–Ya va, mentira. Jajajaja, no eres desordenada, es que no sabías qué ponerte para verme a mí. 
–Ppppff, tú definitivamente eres demasiado arrogante. 

Sostén la mirada y no te dejes joder. 

–Me parece increíble, me parece bello que no hayas sabido qué ponerte. Ven acá–me agarró por un brazo y  me haló hacia él. Fue firme, pero no mandón. Me olió el pelo–yo también me cambié varias veces antes de salir a buscarte ayer, Cecilia. La única diferencia es que a mí me dio tiempo de recoger. 

No sabía cómo demostrarle agradecimiento por delatarse así. Le di un piquito sin mirarlo a los ojos. No insistió más y me dejó soltarme. Caminé hacia mi closet. Me di cuenta de algo. No había metido nada parecido a un sostén y/o una pantaleta en mi maletica. 

Coño. 

Agarré la primera camisa de una torrecita y empecé a caminar al baño. 

–¿A dónde vas tú?
–A cambiarme la camisa
–¿Y por qué no te la cambias en frente de mí? ¿Te da pena?
– ¡No!

Claro.

–Ven acá. 

Daniel Maguán me quitó la camisa que tenía puesta y sin dejar de verme a los ojos, me puso la que tenía en la mano. Me besó primero el cuello y con una calma casi dolorosa empezó a subir hacia mi boca. Cuando finalmente llegó, le devolví el beso con desesperación. "Me encanta ponerte así, Cecilia".  No hice ningún esfuerzo por defenderme, seguí besándolo hasta que me agarró las nalgas, me cargó y me pegó contra la pared. "Nos van a escuchar y van a burlarse para siempre," le dije. "Qué me importa, tú eres la que la tiene que ver todos los días," respondió. Me dio tanta risa su comentario que me doblé hacia adelante y no pudo seguir sujetándome contra la pared. Me devolvió al piso y empezó a reírse conmigo. 

–¿Nos vamos?
–Ya va, me faltan unas cosas. 
–¿Más? ¿Estás segura de que te caben en la maleta?–se burló. 
–¡Ja! Graciosito–abrí la primera gaveta esperando que él no viera lo que estaba agarrando. Como Murphy no perdona, todas las pantaletas y todos los sostenes que estaban a simple vista eran los más feos, los de abuelita, los viejos de colores aburridos. Por tacto, conseguí el strapless negro que estaba buscando y lo metí rápidamente en el bulto. No tenía destreza de mago ni mi movimiento hizo que el sostén fuera invisible, Daniel prácticamente saltó hacia mí. 

–Epa, yo puedo escoger eso. 
–No gracias, estoy bien. 
–Bueno, el sostén que escogiste me gusta. Vamos a ver si la pegas con las pantaletas también.

¡Me voy a morir de la pena! ¡Me voy a morir! 

–¿Qué estás esperando? 
–Hm hm. Fino. Ya voy–estaba temblando. Metí la mano en la gaveta, conseguí la pantaleta negra que estaba buscando. La saqué, la desdoblé y se la mostré.
–Me encanta. 

Busqué otra pantaleta igualita, de algodón, pero roja.

–Perfecto. Me muero por quitártelas. 

Traté de poner mi mejor mirada sexy. Metí todo lo que me faltaba en la maleta y la cerré. Metí la cartera de sobre que tenía adentro de mi cartera grande de día, como si eso fuera normal. Me ponía nerviosa la mirada de Daniel y no quería seguir sola con él en mi cuarto. Él estaba excitado, lo sabía por como respiraba y yo estaba sudando. Una vez más metí la mano en la gaveta y agarré la primera de encajes que sentí, la apreté en el puño y sin mostrársela, me fui al baño a cambiarme. Salí con el mismo blue jean, porque primero me moría antes de salir en pantaletas a buscar otro en mi clóset. Cuando salí, Daniel estaba apoyado del marco de la puerta del cuarto con mi bulto en el hombro. 

–¿Nos vamos?
–Nos vamos. 

lunes, 4 de febrero de 2013

Capítulo 8


¿Ajá y ahora qué? No me puedo mover.

–¿Quieres una franela?–me gritó Daniel desde el vestier. 
–Sí, porfa.

No me puedo ni sentar. Coño coño coño. Vamos, Chechi. Siéntate. Uno. Dos. Tres. Ouch. ¿Dónde están mis pantaletas? Qué humillante esto. Qué humillante no poder sentarme para ver dónde quedaron mis pantaletas.  Si no puedo ni sentarme cómo voy a hacer para caminar hasta la cocina. Un, dos, tres, trata de nuevo. Me siento, me siento, me siento… me duele, me duele, me duele.

“Aquí está. ¡A comer!” me dijo Daniel sonriendo. Mis ojos, ya acostumbrados a la oscuridad, se enfocaron  sin mi permiso directo en su abdomen. Tenía todos los abdominales marcados. Podías jugar a la vieja en su barriga. No eran cuadritos grotescos tipo Físicoculturista Con Aceite de Bebé, eran cuadritos discretos tipo Estrella de Fútbol en Entrenamiento. Tenía un boxer de cuadros rojos y negros. Dejó una franela azul marina al lado de mí en la cama y terminó de ponerse la suya.

Me apoyé sobre mis manos para sentarme. Vi al cielo y me incorporé. Agarré la camisa que Daniel había dejado al lado de mí en la cama. Estaba adolorida y asustada. No iba a saber cómo pararme de la cama, cómo caminar todo el pasillo, ¡cómo bajar las escaleras! Todo eso disimulando el dolor. 

 Me puse la franela lo más rápido que pude y giré las piernas para apoyarlas sobre el piso. “Si lo haces de una vez, de repente te duele menos,” pensé. Me paré bruscamente. Busqué la pantaleta con la mirada hasta que la vi en el piso cerca de la esquina opuesta de la cama. Como pude, caminé hasta ella, me agaché para recogerla y ponérmela. Mis muecas me delataron. Nunca fui buena mentirosa, nunca había sabido disimular.

–¿Qué pasó?
–Nada.
–¿Qué pasó? ¿Por qué pusiste esa cara?
–Nada, nada. Vamos.
–Chechi, no entiendo ¿qué pasó?¿Por qué caminas así?
–Por nada…
–Ajá, seré yo bruto. ¿Qué pasa?
–Pasa que tenía demasiado tiempo sin… bueno, tenía demasiado tiempo sin que nada pasara y estoy un poco adolorida. Nada grave–le dije, viendo a todos lados del cuarto menos a donde estaba él.  

Cuando entendió, Daniel empezó a reírse. En ese momento, quise hacer dos cosas. La primera, salir del cuarto lanzando la puerta porque estaba riéndose de mí. La segunda, besarlo. Su risa era un afrodisíaco sonoro. Ya que no podía hacer la primera por mi limitada movilidad, hice la segunda. Di un paso para agarrarle la cara y lo besé en los dientes mientras se reía.

–Jajajaja pobrecita mi Chechi vale, jajajajaja.

Cuando estaba apartándome, Daniel me agarró por un brazo y me cargó. “Como es mi culpa, yo llevó a la lisiada hasta la cocina,” me dijo en el oído. Caminó por el pasillo, bajó las escaleras y me sentó en un banquito de la cocina como si yo no pesara casi 60 kilos. Nunca me habían cargado como una princesa hasta ninguna parte. Pasé todo el recorrido agarrada de su cuello, oliéndolo. Se sentía bien. No, se sentía muy bien.

­–¿Te provoca comerte las arepas con jamón y queso o quieres algo más?
­–Jamón y queso está bien.
–Jajajaja, menos mal porque es tarde y me da flojera.

Mientras se hacían las arepas en el Tostyarepa, se sentó al lado mío y nos pusimos a hablar de cualquier cosa. Hice todo lo posible por evitar el contacto visual, pero había algo en sus ojos que me impedía voltear por mucho tiempo. Sus ojos me hipnotizaban. Su mirada me paralizaba, la verdad sea dicha. Me hacía sentir pena, miedo y maripositas todo al mismo tiempo. Como ninguna cocina tiene espejo, concluí que debía parecer una loca y empecé a jugar con mi pelo para aplacarlo un poco. Estaba nerviosa. No sabía tener una conversación sobre nada y sobre todo a la vez con el hombre que acababa de verme desnuda.

–¿Te duele mucho?
–No–le mentí.
–Lo siento…
–Jajaja, bueno no es para tanto tampoco.
­–Lo que deberíamos hacer entonces es practicar más–dijo mientras subía su mano por mi pierna–si practicamos mucho, te dejará de doler.
–Ajá–cerré los ojos para concentrarme en el recorrido de su mano. Sobre mi pierna, sobre los huesitos de las caderas, sobre el ombligo, bajaba de nuevo, volvía a subir,  lento, rápido, una sola mano, las dos, un brazo, un pezón, una costilla. Mientras me tocaba, respiraba en mi oído y me ericé.
–Tienes la piel suavecita, me vuelve loco. Sabes las ganas que tengo de cogerte aquí mismo otra vez, ¿no?

Me paralicé. La palabra era muy explícita, el tono había sido todo menos dulce, yo me moría de la vergüenza y estaba adolorida, pero todo eso sumado había hecho que yo me excitara de nuevo. La urgencia de su voz lograba cosas en mí que yo no entendía, pero me gustaba lo que le pasaba a mi cuerpo cuando él me hablaba así. Empezó a besarme y recorrerme con la lengua y con las manos. Le quité la franela y me lancé sobre él. Abrí las piernas para sentarme encima y me mordí la lengua. El movimiento me había dolido, pero sentir cómo me abrazaba con un brazo y cómo el otro luchaba por colarse adentro de mi escasa vestimenta compensaban el esfuerzo. Le clavé las uñas en la espalda y me dejé llevar. Daniel me acostó en el piso de la cocina y deslizó sus manos desde mis hombros hasta la liga de mi pantaleta. Su boca estaba a centímetros de mí y mis ojos se fijaban en el techo y en los suyos. Segundo a segundo, me volvía loca. Finalmente, empezó a quitármela.

PING. Las arepas estaban listas.

No nos importó.
  

martes, 13 de noviembre de 2012

Capítulo 7


Puta. Eres una puta. No. Eres una bruta. Seguro te despiertas y no está ahí. O se está vistiendo para llevarte. O escribiéndole a otra tipa. Putaputaputa. No. Mujer liberada del siglo XXI… que es un eufemismo para puta. ¿Por qué si eso estuvo tan bueno me siento tan mal? Por puta.

Abrí los ojos. Podía sentirlo a mi lado pero en la oscuridad no logré distinguir si estaba despierto. Me puse boca arriba. Daniel se acercó a mí y empezó a hacerme cariñitos en el brazo izquierdo.

¿Existen los cariñitos sonámbulos?

Tosió.

¿Qué hago?

—Yo sé que estás despierta. Hola.
—Hola…
—Te ves bella cuando duermes.
—Eem… ¿gracias?

No sé hacer esto. No lo sé hacer.

—Hay algo que tenemos que negociar, eso sí.
—¿Qué será?
—Que no me vuelvas a empujar cuando trato de empiernarme contigo. Los primeros quince minutos después de que te quedaste dormida, todo bien. Después, te moviste y cuando traté de reacomodarme no me dejaste. Intenté varias veces y nada.
—Lo siento. En mi defensa, estaba dormida.
—Ya no estás dormida. ¿Podemos empiernarnos ahora?

El silencio del cuarto y de la noche se hicieron aún más grandes en ese momento. Un silencio tan grande que fue bueno. Respondí apoyándome sobre mi brazo para ponerme poca abajo. Encajé mi cabeza entre su cuello y su clavícula. Lo abracé y doblé mi pierna derecha sobre las suyas, como pude porque me dolía todo. Todo.

—Mucho mejor.
—¿Cuánto dormí?
—Como 40 minutos.
—¿Y tú?
—Como diez en total.

Agradecía la oscuridad. En la oscuridad me sentía más valiente, más segura. En la oscuridad mi pena y mis nervios eran menos evidentes. Era mejor a oscuras. Era más bonita, más segura, más confiada. Era también imposible que me viera a los ojos y se diera cuenta de cuánto me gustaba. Era mejor, mucho mejor, que no me pudiera ver. No sabía que iba a pasar una vez que se parara de la cama. Después de todo, mi mal criterio me había enseñado una lección muy valiosa de vida. Hay dos clases de hombres. Los que te quieren coger y los que ya te cogieron. Daniel veía al techo y yo controlaba mis ganas de llorar.

Fue muy rápido. Valió la pena, fue muy bueno, pero fue muy rápido. No me va a volver a llamar y no estoy preparada para que no me vuelva a llamar.

—¿En qué piensas?
—En nada.
—Hueles demasiado bien.
—Tú también.
—Hueles a shampoo. Es rico.
—Gracias. Tú todavía hueles a Cool Water.
—Jajajaj, qué buen olfato.
—Sí. Soy como un schnauzer.

Su risa llenó el cuarto e hizo que mi corazón empezara a latir más rápido. Me contagió la carcajada.

—Jajajaja, es increíble. ¿A quién conoces que la usa?
—Un amigo de Margarita, es su preferida.
—Aaah…

Se dobló y me dio un beso en la frente. Me sorprendía cada vez que lo hacía. Me parecía un gesto muy cuchi. A la vez, me emocionaba. Mi mente empezaba a imaginarse un futuro próximo de besitos en la frente y cenas con la familia e idas a la playa con los amigos… Tenía que parar. Ilusionarme de más como casi todas hacemos cuando nos empieza a gustar alguien podría salirme muy caro esta vez. Mis ojos empezaban a acostumbrarse a la oscuridad. Daniel sonreía.

—¿De qué te ríes?
—De nada.
—Mentira.
—Tú también me mentiste cuando te pregunté en qué pensabas. Las mujeres no pueden pensar en nada, no tienen ese poder. Es una habilidad que sencillamente no tienen. ¿Me equivoco?

¡Ups!

—Bueno, si tú me dices de qué te estabas riendo yo te digo en qué estaba pensando. ¿Va?
—Ok, estaba riéndome de ti.
—Oye, que lindo, gracias.
—Oye, si me dejas terminar de hablar… me acordé del miércoles en la galería. De dos cosas del miércoles en particular. Como luchabas para no enterrarte en la grama y de tu cara cuando te dije que sabía perfecto quién eras tú.
—Ah.
—¿Te cortaste?
—No.
—De bolas que te cortaste. Jajajaja, que linda. Pero bueno, dime en qué pensabas.

En que soy una puta y no me he debido acostar contigo en la segunda salida pero me encantas y quiero volverlo a hacer ya pero no creo que pueda porque me duele todo y eso me da burda de pena porque tenía demasiado tiempo sin tirar y que me da pánico que no vuelvas a llamarme pero sé desde ya que no vas a hacerlo porque soy una puta que se acostó contigo en la segunda salida.

—En nada, en serio.
—Jajajaja, no me jodas Chechi. Dime.
—Jajajaja. OK. Estaba pensando en que tu cama es muy cómoda—hizo un silencio más largo de lo normal dándome a entender que no me creía, pero no preguntó más.
—Que bueno que te guste. Ahora que caímos en ese tema, ya que te sabes algunas de las reglas de esta cama, puedes usarla cuando quieras.
—¿Algunas de las reglas?
—Sí. Hay más, pero no es momento todavía. No hay problema, yo soy un hombre paciente. Creativo y paciente, buena combinación.
—Pero yo soy una mujer curiosa…
—Bueno, eres una carajita curiosa.
—Jajajaj, déjame. No se vale. Dime.
—Es por tu bien. Y por el mío. Ok, es por nuestro bien.

Gracias Dios, está hablando en plural. Dijo “nuestro”. Nuestro. Nuestro implica multitud. ¿No?

En un segundo se desenredó y estaba encima de mí. Me besó con ganas. Su lengua masajeó la mía, sentía que el corazón no iba a aguantar este trote. Mi lengua obedecía y jugaba con la suya. Se alejó para quitarme el pelo de la cara. Me dio un piquito. Dejó su cara tan cerca que recordé el capítulo 7 de Rayuela, el de El Cíclope. Respiramos juntos. Yo, confundida. Él, ahí. “Hay reglas de esta cama para las que no estás lista. Te las enseñaré poco a poco, porque por ahora no estás lista Cecilia. ¿OK?” me dijo. No estaba preguntando. Para él era una certeza que terminaría enseñándomelas y yo nunca había estado tan dispuesta a aprender. Él quería tenerme de nuevo en esa cama y yo no quería irme nunca de ahí. Era perfecto.

—¿Tienes hambre?
—Hmmm… podría tener hambre, sí.
—Jajajaja, ¿por qué te da pena tener hambre? ¿Quieres arepas?
—Sí.
—Vamos.
—Vamos. 

domingo, 28 de octubre de 2012

Capítulo 6

Me gustaría poder decir que fui encantadora y simpática en el camino a casa de Daniel. No fue el caso. La verdad es que después de que me dijo que había estado imaginándose todo el día las cosas que quería hacerme, no hablé mucho. Un poco antes de llegar a su edificio en La Castellana,  él también se quedó callado y dejó la mano quieta. En mi pierna, pero quieta.

Entrar al sótano me recordó a la noche anterior, en el estacionamiento del San Ignacio. Apagó el carro. Volteó a verme y me sorprendió con un beso en la frente. Sacó su iPod de la guantera y me dio otro en el cuello. “No te bajes, yo te abro la puerta,” me dijo en el oído. “Estoy jodida,” pensé. Cuando me abrió la puerta traté de hacer como las actrices de Hollywood cuando se bajan de las limosinas. Creo que se dio cuenta de que estaba tratando desesperadamente de ser elegante y cool porque se sonrío un poquito, pero no me dijo nada. No me soltó la mano hasta que llegamos al ascensor.

Sacó su llave y marcó el PH. “Me encanta tenerte así, atrapada,” me dijo cuando se cerraron las puertas. “Para algo están las alarmas” contesté, estirando la mano hacia el botón. Se rio y me agarró la mano, llevándola a rodearlo por la cintura. Me daba miedo cuando me veía así. Me excitaba que me diera miedo cuando me veía así. Me besó. Sabía a menta y yo no me acordaba si me había cepillado los dientes antes de salir. Traté de subir las manos para acariciarle el pelo, pero no me dejó. Me presionó más duro contra la pared del ascensor. Empezó a jugar el juego que detestaba, separando la cara de mí. Decidí no jugar. Me obligué a no buscarlo ni besarlo, contra todo lo que mi cuerpo quería y necesitaba. “Hacerte la dura en un espacio tan chiquito no es una buena idea, Cecilia,” me regañó mirándome a los ojos. “Yo no me estoy haciendo la dura, tú sí. Fuiste tú el que se echó para atrás ahorita. No beso a nadie que no quiera besarme a mí, Daniel,” le dije. Le quité la mirada. No podía más. Me moría por quitarle la camisa y por besarlo hasta que no pudiera respirar. Me derretía como sonaba mi nombre completo en su boca. Su voz era un afrodisíaco muy poderoso y yo no tenía el antídoto. Cecilia nunca había sonado tan sexy antes. Chechi me sonaba a pendeja. Cecilia sonaba a la mujer que sería capaz de hacer lo que quería, que en este caso era llevarlo directo al cuarto. El problema era que no sabía donde quedaba el cuarto y que no me sentía como Cecilia, sino como Chechi.

El apartamento tenía una vista increíble de Caracas. Viendo la ciudad de lejos y de noche, era imposible extrañar Margarita. Daniel prendió las luces. La sala, el comedor y la cocina constituían un solo ambiente.

­—Quieres algo de tom…
—Vino, por favor.
—Jajajaja, tinto o blanco?
—De qué te ríes?
—De que estás tan nerviosa que no me dejaste terminar de ofrecerte nada.
—OK, creo que te estás imaginando cosas, Daniel. Tinto, por favor—finge demencia, a toda costa, Chechi. ¡Vamos que sí puedes!
—Yo sé que no me lo imaginé, pero OK. Siéntate donde quieras—empecé a caminar para hacerle creer que era una mujer segura y confiada, pero no sabía a donde estaba yendo­—y mira, Chechi­—me volteé—no estés nerviosa. Hoy voy a hacer que la pases muy bien.  

Mi tercera copa de vino estaba casi por la mitad. Los quesos que Daniel había puesto en el bar estaban intactos. Yo no tenía hambre y él estaba muy ocupado jugando a que yo cayera primero. Daniel sabía perfecto como entretenerme, como seducirme, como mirarme y como tocarme suficiente para que yo me excitara pero no para que le saltara encima. Me había servido más vino en dos ocasiones sin que yo lo pidiera. Se paraba detrás de mí, se inclinaba encima de mi hombro a milímetros de mi piel, me respiraba en el cuello y llenaba la copa. Después, se reacomodaba en su silla. Pasamos casi dos horas hablando. El vino, la conversación y la luz de la luna sobre nosotros me habían relajado, pero no iba a caer. Si él quería acostarse conmigo, tendría que iniciarlo. En primer lugar, porque quería que quedara algo de mi integridad y en segundo, porque aunque me muriera por hacerlo con él, yo no sabía cómo empezar.

—Qué bella te ves cuando te ríes.
—Gracias
—No bajes la cabeza. Es en serio. Te ves más bella de lo que eres normal.
—Gracias.
—Ven acá, vale.

Como si tuviera algo en mi contra, el shuffle del iPod decidió que era un buen momento para que sonara Control de Viniloversus. Daniel se paró de su silla y con las dos manos me agarró el cuello. Nos besamos con las ganas que habían ido creciendo durante la noche y ya no podíamos esconder más. Sin dejar de besarme, bajó su mano y con un dedo me acarició la clavícula. Luego el esternón, por encima de la camisa. Bajó sus dos manos a mi cintura y me paró de la silla.

Una vez fue más que suficiente.

Me quitó la camisa y me desabrochó el sostén sin dificultad. Moví los brazos buscando taparme y no me dejó. Me sostuvo firme y empezó a besarme los senos. Se me doblaron las rodillas.

Ya lo dije pero tú no entiendes.

Cerré los ojos y decidí no pensar. No me iba a sabotear lo que estaba pasando. Sus manos y su lengua jugaban con mi pecho. Estuve a punto de gritarle que no cuando quitó una para desabrocharse el primer botón de la camisa.

Yo te veo y tú no te defiendes.

Buscó mi boca de nuevo y empezó a caminar, obligándome a ir de espaldas a donde me estaba llevando. Bajé mis manos a su camisa y empecé a ayudarlo con los botones. Todo pasaba rápido y al mismo tiempo.

Y entonces el cuchillo que te estoy clavando
Me voltéo y pegó su pelvis contra mis nalgas. Me acarició y me sopló la espalda. Seguí caminando como pude. Lo sentí desabrocharse el cinturón y me rodeó con sus brazos para desabrocharme el botón del bluejean.

Comienzo a pensar que lo estás disfrutando.

Mientras bajábamos la escalera estuve cerca de caerme varias veces. La primera vez cuando metió la mano adentro del bluejean y se puso a jugar con el encaje de mi pantaleta. La segunda, cuando empezó a mover su dedo al ritmo de la guitarra de la canción.

Me haces perder control, me haces perder control.

Se puso de frente a mí y me besó. Su lengua jugaba con la mía. Me haló el pelo y ni siquiera me pidió perdón. Me dolió pero estaba concentrada en seguir las instrucciones que me mandaba con el pecho sobre hacia donde tenía que caminar.

Me haces perder control, me haces perder control, oh oh oh.

Abrió la puerta del cuarto, me abrazó duro por la cintura y me dejó caer en la cama. Dejó de besarme para quitarse el bluejean. Yo me quité los tacones y los vio casi triste caer al piso. Entendí que le gustaron y me propuse recordarlo para una próxima ocasión, si había. Con una mano me acarició un pezón y me besó el otro brevemente. Yo empecé a quitarme el bluejean y de repente sus dos manos estaban ahí para ayudarme. Aprovechó el movimiento para quitarme la pantaleta. Se paró y me vio por un momento. Aproveché para echar una miradita rápida y discreta yo también.

Esta es la parte en la que te mueres de la pena, pero no hay tanta luz o sea que relájate y coopera Chechi. OK, eso no me va a caber. ¿Marico, es en serioooo?


Lo tenía mucho más grande que cualquier otro que hubiera visto. Cerré los ojos y las piernas por instinto. Me agarró las dos rodillas y las separó. Me acarició los muslos y me mordió duro.

“Ah,” dije. “Te mordí duro a propósito Chechi. Pero déjame compensarte, ok?” le escuché. Su dedo empezó a subir de mi rodilla lentamente una y otra vez. Estaba asustada y excitada y desesperada porque me lo metiera de una vez.  De repente, sentí su lengua en mi clítoris.

Coñoooooooo... Menos mal que me depilé.  Qué bueno es en esto.

Me lamió, me besó. Paró. Empezó de nuevo. Jugó conmigo. Casi pude escucharlo sonreír cuando vió el efecto que su boca tenía en mí. Lento, después rápido. No tenía que preguntar si me gustaba. Él lo sabía y se estaba aprovechando de eso. Abrí los ojos para verlo. Él estaba viendo y midiendo mis reacciones. Conseguirme con sus ojos me dio pena y los volví a cerrar. Mis dedos apretaron la sábana porque las almohadas estaban muy lejos.

De repente paró.

Noooo, ¿qué hace?

 Se acercó a una de las mesas de noche y abrió la primera gaveta. Sacó un condón y se lo puso en tiempo record. Yo aproveché para acomodarme en la cama y poner cara de que no estaba nerviosa. Puso una rodilla encima de la cama y luego la otra. Fue acercándose a mí poco a poco y puso un codo a cada lado de mi cabeza. Finalmente, sentí su peso encima de mí y lo abracé. Me besó el cuello y me vio a los ojos.

¡¿Qué?!

Empezó a meterlo suavemente.

—¡Ouch!
—¿Te duele?
—Sí, dale más lento porfa.
—OK, mi Chechi.

Que dijera “mi Chechi” fue como un analgésico. Me sentía suya y lo sentía mío. Me relajé y me concentré en su boca. Me estaba besando y yo no quería que parara nunca. Abrí las piernas y lo rodeé. Era incómodo pero ya no me dolía tanto. Daniel avanzaba con toda la paciencia del mundo. Dejé de besarlo porque quería verle la cara. Un poema. Estaba disfrutándolo demasiado. “Que sabroso,” me dijo en el oído. “Dame un segundo, no te muevas,” dije como pude. Tenía que decidir si me gustaba más de lo que me dolía o vicecersa. Mientras me acostumbraba, permaneció quieto. Me besaba la frente y me acariciaba el pelo. Yo tenía ocho meses sin tener relaciones con nadie y se notaba. Empezó a moverse lentamente adentro de mí. Yo me agarraba de él y poco a poco empecé a disfrutarlo. Me mordí los labios para no hacer ruido.

—No te muerdas los labios, Cecilia. En esta cama está prohibido no demostrar gritando cuando algo te gusta, ¿quedó claro?
—OK.

Era imposible no obedecerlo cuando me hablaba así. Empecé a respirar más duro y a no reprimir los gemidos. Sentí cuánto le gustaba, empezó a moverse más y más rápido. Me agarró las manos y las puso por encima de mi cabeza. No me dejó moverlas, ninguna de las veces que traté. Quería seguir tocándole el pelo y clavándole las uñas en la espalda. O no le gustaba o le gustaba hacerme sufrir. El control era todo suyo. “Si sigues moviéndote así, voy a acabar,” le dije. “Acaba, te quiero oír,” me respondió. Mi cuerpo enteró se tensó en un orgasmo poderosísimo. Así no me hubiera prohibido estar callada, no hubiera podido frenar el grito que pegué. “Que divino, Cecilia, así es,” me felicitó.

—Wao…
—Dices “wao” como si esto se hubiera acabado. Voltéate.
—¿Ah?

Me lo sacó con cuidado. Me volteó sobre la cama. Me apoyé sobre mis manos y empezamos de nuevo. Me halaba el pelo, me tocaba la espalda. Se apoyaba de mí y con una mano me acariciaba los senos y la clavícula. Nunca nadie me había hecho sentir eso. Empecé a gemir sin pena mientras me hablaba al oído. Me dijo que le encantaba hacérmelo, que era demasiado rico tenerme así. Mis piernas se abrían, más. Solas. No tenía fuerza ni control ni poder. Todo lo tenía él. Quería decirle todo lo que causaba en mí y en vez de eso, sólo podía gemir. Me agarraba y me acariciaba las nalgas más duro cada vez. Me besó la espalda y me ericé.

¿Él me acaba de dar una nalgada?

Busqué rabia e indignación para moverme lejos de él y gritarle que era un falta de respeto. No las conseguí. Iba a voltearme para reclamar, pero la verdad era que me había gustado. Dejó de moverse. Él supo leer lo que mi cuerpo hizo y me dio otra, esta vez más duro.

Se apoyó sobre mí para poner su boca cerca de mi oído.

—¿Alguien te había dado una nalgada alguna vez?
—No.
—Yo sé la respuesta, no me vayas a mentir: ¿te gustó?
—Creo que sí—respondí agradeciendo que no me pudiera la cara de vergüenza.
—¡Qué bueno! A mí me encantó dártelas.

Yo no entendí nada. Daniel no me dio tiempo de pensar. Empezó a moverse cada vez más y más duro. Su respiración lo acompañaba. Mi cuerpo se movía con él, sin que nadie lo mandara.  

“¡Aaaah!” llegamos y gritamos al mismo tiempo. Yo me derrumbé del cansancio y él se vino encima de mí. Sudaba y respiraba rápidamente. Yo temblaba y él me besaba la nuca. Cuando no pudo seguir soportando parte de su peso en el brazo que tenía en la cama, se dejó caer a mi derecha. Sin preguntar, me pegó contra él y me abrazó de lado. “Ay mi Chechi, vamos a gozar una bola tú y yo”.