lunes, 22 de octubre de 2012

Capítulo 4


—¡Hola!
—Hola Daniel. ¿Cómo estás?

Me acerqué a darle un beso en el cachete. No reconocí el perfume pero olía demasiado bien. Tenía el pelo mojado todavía, como yo. No pude evitar pensar cómo sería bañarme con él. Me obligué a volver al carro y dejar de imaginarme estupideces.

—Chévere. Estás muy linda Chechi.
—Gracias.

¡Coñooooooooooooooooo!

—¿Qué quieres hacer? ¿Ya comiste?
—No, no he comido. ¿Será que comemos?
—Comamos. ¿Qué te provoca?
—Hm… ¿pizza?
—Pizza, perfecto. ¿Has probado Pizza Caracas?
—Claro, el día después de que lo abrieran jajajaja. Es bueno.
—Perfecto.

Empezó a manejar y yo me concentré en la música.  Empezó a preguntarme por mi día. Como no había mucho que contar empezó a preguntarme cosas normales: de dónde me había graduado, qué estudié, qué edad tenía, con quién vivía. Los clásicos. Yo respondía y volvía a preguntar: “¿y tú?” No me había relajado lo suficiente como para extenderme. Cuando llegamos a La Castellana ya sabía que se había graduado de Administración en la UNIMET,  aunque empezó en Economía; que había hecho su postgrado en Finanzas en el IESA y que trabajaba con bancos pero no en bancos. No entendí bien, pero fingí que sí.

Me sorprendió que se bajara a abrirme la puerta del carro. Sentí un corrientazo cuando me ofreció la mano para ayudarme a bajar. Me vio a los ojos y lo supo, pero igual traté de disimular viendo al infinito. Era inaudito lo mal acostumbrada que estaba. Un poquito de romance disfrazado de caballerosidad y ya se me bajaban las pantaletas y se me desabrochaba el sostén.

Había gente en el restaurant, pero conseguimos una mesa cómoda. Lo primero que hizo fue pedir una botella de vino, gracias a Dios. Revisamos el menú y decidimos compartir un carpaccio y una pizza de jamón serrano. Me preguntaba cosas todo el tiempo y yo respondía como podía. Su postura era increíble y se desenvolvía con seguridad. No esperaba que el mesonero para servirme más vino y nunca derramó una sola gota en el mantel. Todas las mujeres del restaurant se reían durísimo esperando que él las viera. Nunca lo hizo.

­—Wao, ¡qué chiste tan malo!
—Jajajaja te dije que era pésimo contando chistes. Lo peor es que es el único que me sé.
—Jajajaja, en tu defensa, sí, me lo advertiste.
—Cuando se acabe la botella te lo vuelvo a contar a ver si te da risa.
—Jajajaja. Ése sí fue bueno.
—Chechi, es temprano. ¿Quieres ir a tomarte otra cosa después de aquí?
—Sí. Pero tiene que ser vino para no mezclar.
—Muy inteligente para tener solamente 24.
—Muy sabihondo para tener solamente 30.
—Jajajajaja. Ya agarraste confianza.

Era verdad. Ya estaba un poco más tranquila. Empecé a preguntarle de él y con toda la naturalidad del mundo empezamos a contarnos cosas de nuestros amigos. Descubrí que, como yo, amaba Margarita aunque iba poco. Le gustaba leer y le gustaba bailar. Yo leía bastante. Yo no bailaba muy bien, pero bailaba. Lo hice reír un par de veces y su risa hizo que las maripositas en mi estómago se alborotaran.

—¿Me puedes servir más, por favor?

Mata las maripositas con vino, las maripositas no saben nadar.

Cuando terminamos de comer, me paré al baño revisar que no me hubiera quedado nada entre los dientes. Me metí un chicle en la boca y sonó mi celular. No era Laura ni  era mi mamá.

—Una vez más, aproveché que te fueras para bucearte ;)

Conté hasta 50 para salir. Cuando llegué a la mesa, el mesonero estaba ahí con la cuenta. No le dije nada del mensaje. “¿Suka?” me preguntó Daniel. “Sólo si en Suka hay vino” le dije. “Ay, chama. ¡Vámonos!” me contestó. “Gracias por la cena, la he pasado muy bien, Daniel” lo vi a los ojos tratando de expresar lo bien que me sentía con el. Y ﷽﷽﷽﷽ien que me sentía con presar lo bien que me senttre ellas, me ve Yo les cosas de nuestros amigos. DescubrLos minutos dél. “Todavía falta, menos mal,” me dijo. 

Llegamos a Suka a las diez y media de la noche. Daniel saludó al portero con un abrazo y me cedió el paso. Algo tenía este hombre que todo el mundo se volteaba a verlo cuando caminaba. Los grupos de puras mujeres suspiraban y se pellizcaban entre ellas, me veían, me evaluaban y las más osadas me retaban con la mirada. No importaba. Esa noche él estaba conmigo y yo estaba con él, pasara lo que pasara después. “Vino entonces, ¿no?” me preguntó acercándose a mi oído. Di gracias silenciosas al cielo por el ruido y respondí que sí. Caminamos hacia la barra y pidió una botella de… no escuché el nombre del vino.

La conversación siguió donde la dejamos. Mi fuerza de voluntad, y me gustaría creer que la suya, fueron puestas a prueba durante las primeras horas en el local. Con el volumen de la música, no nos quedaba otro remedio que acercarnos. Él se agachaba un poco para escucharme y me quitaba el pelo de la oreja y de la cara. Benditas sean las excusas. De repente, deslizó la punta de los dedos por mi antebrazo, como si quisiera volverme loca a propósito. Quizás ya en ese momento sabía todo lo que necesitaba besarlo. Llegó hasta mi hombro y agarró mi cartera. Se tardó un segundo más de lo normal en quitar su mano y le dio la cartera al barman.

Aquí fue.

Me tomé lo que quedaba de mi copa fondo blanco y le dije que iba al baño. Agradecí que hubiera cola porque necesitaba calmarme y pensar. Tenía mi celular en el bolsillo del bluejean, pero no vibró. Me iba a mojar la cara con agua fría pero opté por lavarme las manos para no echarme a perder el maquillaje. Me sentía desarmada sin cartera. Cuando volviera a la barra, no habría barrera física, estaría a su merced.

Caminé hasta donde estábamos. No lo vi. Apoyé las manos de la barra, no quería ser la estúpida a quien la dejaron sola porque una mujer más atractiva se acercó a hablar con su acompañante. Mi miedo fue interrumpido por una mano que me agarraba desde la espalda hasta la cintura, un pecho que se pegaba a mi espalda y un olor familiar que me obligó a cerrar los ojos. “Te tardaste mucho y me estaba poniendo nervioso Chechi,” me dijo. Estaba paralizada. Quería salirme de ese abrazo y a la vez que durara para siempre. Lo malo del vino, es que te desinhibe. Lo bueno del vino, es que te desinhibe. Decidí quedarme, hasta que él se separara.

¿Este hombre me acaba de dar un beso en el cuello?

Antes de terminar mi tren de pensamiento, me dio otro beso en el cuello y me rodeó la cintura con su brazo derecho.

Aquí fue, ahora sí.

Me volteó sin yo saber cómo y me plantó un beso delicioso en la boca. El mejor beso que había recibido en mi vida. Tocó mi lengua con la suya, la empujó, jugó un rato y sentí que sonreía. Se me olvidó mi nombre, mi cédula y mi talla de sostén. Fue discreto pero firme, corto pero apasionado. Se separó unos centímetros.

No. ¡Más! En cualquier momento te despiertas y tienes que usar el cupo para comprar un vibrador, Chechi.

—Nos vamos, Chechi.
—OK.
—Espérame aquí, voy a la caja a buscar tu cartera.

¡Mi cartera! No tengo mi cartera. Yo me iba a ir sin mi cartera, yo sí seré pendeja de verdad.

Volvió con mi cartera. Hizo un chiste sobre el peso y la escoliosis pero yo estaba hipnotizada por el beso todavía. Me agarró la mano y me guió hasta el pasillo que tendríamos que recorrer para llegar al estacionamiento. Le solté la mano cuando nos apartamos del gentío. No sabía cómo era el protocolo. Me vio con seguridad y me agarró por la cintura. Llegamos en silencio hasta el ascensor. Se paró atrás de mí, abrazándome y empezó a soplarme el cuello.

“Hueles demasiado bien. Tengo tu olor en la cabeza desde ayer. Vamos a ir directo al carro y después pagamos, ¿ok?” me susurró. “Ok,” le contesté. Después de casi dos botellas de vino y un beso así, no me quedaba si no obedecer. No había lógica ni había opción. Había ganas.

Mala idea. Mala idea, Chechi. No te dejes coger en un carro. La primera vez que pague un hotel, mínimo.

Se abrieron las puertas del ascensor. Como a mí se me había olvidado cómo caminar, él fue dando los pasos desde atrás de mí y mi cuerpo lo imitó por instinto. Me soltó para marcar el S3 y se puso de frente a mí. Se cerraron las puertas. Me hizo retroceder hasta que mi espalda estuvo contra la pared y su cuerpo apoyado de mí. Agarró con sus manos mis muñecas y las levantó sobre mi cabeza. Con una sola mano las mantuvo donde quería. Con la otra empezó a tocarme la cara y el cuello. Con su boca besaba el otro lado de mi cara. Pasaba por mi boca y no se detenía. Me respiraba cerca y yo me moría. Quería gritar emocionada, salir corriendo y desvestirlo todo al mismo tiempo.  Como no podía hacer nada de eso trataba de mover mi cara buscando su boca, protegiendo mi cuello de su mano. Me moría por un beso. Un beso como el de Suka. No lo logré. Se paró el ascensor y se abrió la puerta. No había nadie esperando.

Mientras caminábamos, nunca me soltó la mano, nunca dejó de jalarme hacia él. Cuando llegamos al carro me abrió la puerta como si nada hubiera pasado. Qué facilidad para excitar a una mujer. Era injusto. Dio la vuelta lentamente para montarse él. No me miraba, estaba concentrado en caminar hasta la puerta del piloto.

Se sentó, prendió el carro y prendió el aire. No sé cómo me cargó desde mi puesto hasta encima de él. Finalmente me dejó besarlo. Rápido, ahora lento. Con lengua, sin lengua. Mi lengua en su boca, su lengua en la mía. Su manos me buscaban, me tocaban la cintura y la cadera, me acariciaban el pelo, me recorrían los brazos y la espalda. Logró meter la mano en mi pantalón y tocarme las nalgas. Nos vimos a los ojos. Lo dejé porque estaba ocupada con los botones de la camisa. Le besé el cuello y las orejas. Las hormonas estaban alborotadas y empezábamos a jadear y sudar. Me mordió el labio y aprovechó cuando se me arqueó la espalda para tratar de meter más las manos…

—No puedo.
—¡¿Cómo que no puedes?!
—Me estás volviendo loca, pero hoy llego hasta aquí. La he pasado muy bien contigo pero no puedo más.

Además no me he depilado y la primera vez ni de vaina va a ser así, pero eso no te lo voy a decir.
—OK. ¿Segura?
—Sí.

¡No! Arráncame la camisa y me quedo calladita, coño.

—Entiendo. Entonces vámonos.
—OK…

Me devolví a mi asiento con torpeza pero sin clavarle los tacones en las piernas ni apoyarlos en la tapicería de cuero.

—Yo soy un hombre paciente, Chechi. Pero estás consciente de que va a pasar tarde o temprano, ¿no? Te tengo demasiadas ganas, me pareces bella e inteligente, no sabes cómo me gustas. Ya es viernes y este fin de semana sería perfecto para portarse mal con hombres buenos.
—A nadie aquí le consta que tú seas bueno jajajaja
—Por eso vas a salir conmigo mañana. Para terminar de enterarte, ¿no?
—Salgo a las seis. 

3 comentarios:

Journauxit0 dijo...

I NEED MORE, sí, así, gritao'. Pf, está BRU-TAL.

Valentina dijo...

Qué "50 sombras..." ni qué nada. Tuve que encender el aire acondicionado y buscarme un abanico.

Maria Fernanda Candiales dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.